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El alma de nuestras variedades autóctonas

La historia de las variedades autóctonas de Alicante forma parte de nuestra vida cotidiana en la bodega. Son uvas con las que hemos crecido, ellas ya adaptadas al clima y al paisaje que compartimos. Cada vendimia nos recuerda que trabajamos con un patrimonio que no hemos inventado: simplemente lo cuidamos para que siga hablando con claridad.

La Giró de Alicante es una de esas variedades que parecían destinadas a desaparecer hasta que volvimos a mirarlas con atención. En sus cepas viejas encontramos una forma honesta de expresar el territorio: fruta roja fresca, hierbas del monte y una salinidad que solo aparece en viñedos cercanos al mar. Es una uva resistente y directa, muy acorde con el carácter mediterráneo.

La Moscatel Alicante representa otra parte esencial de nuestra identidad. Su aroma natural, entre floral y cítrico, ha acompañado a generaciones en forma de mistelas y vinos dulces, pero hoy también nos permite elaborar vinos secos llenos de frescura. Trabajada con suavidad, ofrece una expresión luminosa y muy ligada a la costa.

La Monastrell es una variedad autóctona muy ligada a Alicante y perfectamente adaptada a nuestros suelos de arrastre franco‑arenosos, muy adecuados para la vid. Durante años se la asoció a vinos densos y concentrados, pero hemos descubierto otra cara: una Monastrell más fina, más vertical, donde predomina la fruta y nuestros montes. Capaz de expresar el territorio con una frescura que sorprende a quien aún la imagina pesada. Sus racimos pequeños conservan la esencia del sol, sí, pero también una tensión natural que aparece cuando se cultiva con respeto y se vendimia en el punto justo.

El vino mediterráneo que elaboramos con estas variedades nace de un equilibrio natural entre madurez y frescura. El clima, la luz y los suelos calizos marcan el carácter de cada parcela, y eso se refleja en la copa sin necesidad de adornos. Nuestro trabajo consiste en acompañar ese proceso y dejar que el paisaje se exprese con claridad. Por eso estas uvas encajan tan bien en una forma de entender el vino donde la identidad del territorio pesa más que cualquier perfección técnica.

Que estas variedades estén de nuevo en el centro de atención no es una moda pasajera. Es la consecuencia natural de buscar vinos con identidad y de reconocer que las uvas adaptadas durante siglos al calor y a la sequía son también las que mejor nos preparan para el futuro. Recuperarlas es una forma de avanzar sin perder nuestras raíces.

En nuestra bodega, estas uvas no son una tendencia: son parte de nuestra historia familiar. Cuando decidimos crear Pepe Mendoza Casa Agrícola, lo hicimos con la certeza de que el Mediterráneo merecía ser contado con sus propias palabras. La Giró de Alicante, la Moscatel Alicante y la Monastrell, los viñedos viejos, los muros centenarios de piedra seca que las delimitan, la agricultura respetuosa, la mínima intervención… todo forma parte de un mismo hilo conductor: dejar que la tierra hable.

Cada botella es un pequeño homenaje a lo que fuimos y a lo que queremos seguir siendo. Un puente entre generaciones, entre tradición y modernidad, entre la memoria y el futuro. Y cuando abrimos una de esas botellas, sentimos que todo tiene sentido: que el Mediterráneo está ahí, vivo, acompañándonos como lo ha hecho siempre.

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